Si no ordenas ahora mismo tu habitación no vienes esta tarde con nosotros a ver “Basil, el ratón superdetective”. Entonces el cabroncete de mi hijo me miraba con los ojos semicerrados y no movía un dedo. Porque cabroncetes sí, pero tontos no. Mis hijos sabían perfectamente que los domingos tocaba cine en familia, pero también sabían que los domingos libraba la cuidadora, por lo que era imposible que uno de ellos se quedara solo en casa mientras el resto de la familia iba a ver al petardo de Basil. Por lo tanto, no se les escapaba que si papá llevaba a cabo su amenaza tendría que estar dispuesto a sacrificar la tarde del domingo para toda la familia, lo que equivalía a un domingo infernal para todos.
Como era menos listo que los cabroncetes, tardé tres domingos en comprender que, o estaba dispuesto a lanzar un arma nuclear casera y a afrontar todas las consecuencias, o cualquier ultimátum no solo era inútil, sino que podía destruir mi credibilidad. Entonces pensé que la alternativa era hablar con ellos y que, alternando amenazas con pacientes explicaciones, mezclando razonamientos con sabias enseñanzas, juntando instrucciones con inteligentes demostraciones iba a conseguir mis fines educativos. La primera vez que uno de ellos me contestó que eso ya se lo había dicho diez veces, dejé pasar el comentario. Cuando otro terminó en mi lugar la frase que había empezado, provocando las risotadas de sus hermanos, me enfadé. Pero cuando me hicieron ver que lo que les estaba diciendo entraba en directa contradicción con el discurso que les había soltado aquella misma mañana, entendí que era mejor callar.
Los cabroncetes me habían enseñado que no hay nada peor que una amenaza vacía, que uno es esclavo de sus palabras y que la inflación también se aplica a los discursos.
Lo que conseguí entender con mis hijos, parece que “Ultimatum” Don es incapaz de aprender con los iraníes.
Cada ultimátum incumplido mina un poco más su credibilidad. Cada fecha límite retrasada debilita su autoridad. Cada amenaza vacía muestra sus flaquezas. Cada fanfarronada hueca resalta sus fallos. Hasta ahora, las tácticas de matón de barrio del Patán de Manhattan han funcionado con sus rivales, demasiado atemorizados para antagonizarle. Sus adversarios siempre se han achantado ante sus insultos y humillaciones o han creído inteligente adularle, aún a riesgo de parecer aún más despreciables a sus ojos.
Pero ahora que tiene enfrente a un enemigo fanático, que no tiene nada que perder y que no le teme porque lleva ya muchos años en la batalla, Assahola no entiende que sus tácticas no funcionan e intenta aplicarlas una y otra vez. Tiene ante él algo contra lo que no estaba preparado: unos tipos dispuestos a morir en nombre de su dios. Pero también son unos tipos que saben que cada día que pasa sin que se resuelva el conflicto juega en su favor y en contra de los intereses del de la Casa Blanca. También son unos tipos que saben jugar muy bien las pocas cartas de las que disponen. En particular las de la geografía. Y sobre todo son unos tipos que conocen la poca resistencia al dolor de las democracias, en particular los EEUU, que no solo temen el dolor físico, sino que les aterroriza la idea del daño a sus monederos.
Nadie sabe cómo va a terminar esta enésima aventura de los EEUU en el Golfo Pérsico, pero por ahora no parece que pinte muy bien. El Patán se ha tirado de cabeza a las aguas calentorras de Ormuz sin preparación alguna, alentado no se sabe muy bien por qué o por quién y ahora se le nota a leguas que no sabe cómo salir del charco. Si se retira, su credibilidad, ya debilitada, se verá destruida. Si escala, le puede esperar otro Vietnam u otro Iraq. Lo que sí que parece claro es que la pérdida de prestigio y de solvencia de los EEUU puede ser irreversible. Eso no solo es malo para los americanos, es malo para la democracia en general y para el equilibrio mundial.
“Make America Great Again?” Assahola.
El Circo Continúa…
José Luis Vilallonga
@JoseVilallonga







